Según André Corrêa do Lago, la COP30 sería la COP de implementación, de cambio, la que traería profundas reflexiones y acciones concretas por parte de todos los países. En una de sus cartas, él usó la palabra “Mutirão” (Minga) que significa un esfuerzo colectivo, destacando la importancia de unir a todas las naciones en torno a una causa común. Esto alimentó considerablemente mi esperanza de que esta COP fuera diferente, y eso me llenó de expectativas. De verdad creía que esta sería la COP de la verdad, como lo declaró el mismo presidente Lula.

Dentro de la conferencia, por primera vez realmente sentí esperanza, como si algo nuevo pudiera ocurrir. Esta sensación creció cuando entrevisté a la Presidencia de la COP30 para mi tesis de maestría, como lo conté previamente en mis reflexiones sobre la Presidencia. Estos sentimientos se reforzaron aún más cuando el presidente Lula anunció que esta sería la COP que avanzaría hacia el fin de los combustibles fósiles y la deforestación. Él identificó este objetivo como el principal desafío para los países reunidos durante las dos semanas de negociaciones. Y de hecho, así fue.
Durante la COP30 se produjeron muchos momentos impactantes. Uno de ellos fue la Cumbre de los Pueblos, que se celebró en la Universidad Federal de Pará (UFPA). La Cumbre de los Pueblos reunió a más de 50.000 personas y más de mil organizaciones de todo el mundo. Al quinto día del evento, observé una poderosa movilización de comunidades afectadas por el Cambio Climático – movimientos sindicales, grupos políticos, jóvenes, pueblos indígenas y muchos otros grupos comprometidos en debatir soluciones locales y globales a la crisis climática. También hubo varios otros espacios vibrantes e inclusivos en Belém, como Las Casas de la COP, donde las personas sin los pases especiales pudieron debatir temas de la COP30 fuera del ámbito oficial. Algunas de estas casas fueron la Casa Chico Mendes, la Ciudad de la Juventud, la Casa Ninja y otras iniciativas de la sociedad civil; todos ellos atrayendo participación durante las dos semanas. Saber que la sociedad civil estaba presente con tanta fuerza me dio gran esperanza. De verdad, parecía que esto sería la COP de los Pueblos.
Otro evento positivo fuera del marco oficial de la conferencia fue la Marcha Global por el Clima, que llenó las calles de Belém con unas 70.000 personas. Bajo el lema “¡La respuesta somos nosotros!”, la marcha demostró claramente la urgencia y la fuerza de la movilización de la sociedad civil exigiendo acciones concretas para abordar la crisis climática. Como en la Cumbre de los Pueblos, la marcha convocó a grupos diversos de la sociedad civil. La última marcha de la COP en la que yo había participado fue durante la COP26 en 2021, y en la cuál se reunieron algo más de cien mil personas. Esta marcha, aunque un poco más pequeña, fue igual de poderosa. Una vez más, sentí la fuerza de la acción colectiva que nos dice que el cambio no puede esperar y que las soluciones deben construirse con la participación activa de quienes más se han visto afectados por la crisis. Esto me dio esperanza de que la sociedad civil fuera realmente escuchada dentro de la COP, y todo ese poder colectivo me hizo mirar hacia adelante con optimismo. Yo realmente creía que esa energía resonaría dentro de los salones de negociación.

Pueblos Indígenas ocupando la entrada de la COP30 – Foto vía Reuters
Otro hito importante de esta COP fue la participación récord de pueblos Indígenas. Alrededor de 3.000 representantes Indígenas estaban en Belém, con 400 representantes de Brasil acreditados en la Zona Azul, donde se llevan a cabo las negociaciones. El récord anterior lo tenía la COP28, con aproximadamente 350 representantes Indígenas de todo el mundo. Esta participación es extremadamente importante, pero aun así muchos líderes Indígenas reportaron que no fueron escuchados o no pudieron participar efectivamente. Por esta razón se produjeron varias protestas de los pueblos Indígenas exigiendo que sus voces fueran escuchadas en las salas de negociación. Una de las protestas ocupó la entrada de la COP, y logró atravesar la seguridad de la ONU exigiendo justicia.

Otro momento impactante ocurrió el 14 de noviembre. Llegué a la COP a las 9 en punto, y para entonces ya se había formado en el lugar, un corredor de representantes indígenas Munduruku, intentando hablar con los organizadores de la conferencia (la Presidencia de la COP30, el presidente Lula y los ministros). Alrededor de las 11:30, el pueblo Munduruku se reunió a conversar con el presidente de la COP, André Corrêa do Lago, la ministra de Pueblos Indígenas, Sonia Guajajara y la Ministra para Medio Ambiente y Cambio Climático, Marina Silva, en una de las salas de reuniones. Tras dos horas de diálogo, los líderes Indígenas emitieron un pronunciamiento exigiendo la revocación de un decreto que establece un plan de vías fluviales que involucra los ríos Tapajós, Madeira y Tocantins. También manifestaba cómo el transporte de mercancías contamina los ríos, afecta a la pesca y restringe el desarrollo de la vida diaria de las comunidades ribereñas. Además, pidieron la cancelación de Ferrogrão, un ferrocarril entre Mato Grosso y Pará, actualmente suspendido por el Tribunal Supremo de Brasil. Los ministros y el presidente de la COP declararon que estas demandas eran legítimas. Para mí, esto también fue un momento importante en la política de la COP, donde los afectados por estos proyectos de desarrollo pudieron utilizar la conferencia para expresar preocupaciones sobre políticas internas y demandar cambios. No estoy seguro de que pudieran haber recibido esta visibilidad en cualquier otro espacio o foro nacional.
Al mismo tiempo, como observador, no creo que los pueblos Indígenas fueran realmente escuchados o representados apropiadamente. Después de este episodio, la seguridad del evento se triplicó, o quizá incluso, cuadruplicó.

Solo vi al ejército brasileño proporcionando seguridad, realizando controles estrictos lejos de las entradas. Esto me dio la sensación de estar en un entorno autoritario. Toda la esperanza que tenía de que este fuera el COP de la verdad, el COP de los pueblos, el COP del esfuerzo colectivo, empezó a desvanecerse. Me di cuenta de que quizá no era al fin y al cabo tan diferente de las anteriores conferencias.
Y en las negociaciones, el mismo patrón que presencié en las últimas cinco COPs se repitió: los intereses en la mesa no se centraban en escuchar a los pueblos Indígenas, la sociedad civil o la ciencia, sino en defender los intereses económicos de cada país .
Arabia Saudita, por ejemplo, no estuvo de acuerdo con el texto final de Mutirão, argumentando que el incluir las palabras “reducir progresivamente” los combustibles fósiles amenazaría la supervivencia económica y la soberanía del país. Por esta razón, Arabia Saudita junto a otros más de 80 países cuyas economías dependen en gran medida de los combustibles fósiles, presionaron la redacción de cambios en el texto, resultando en un documento sin la expresión “fin de los combustibles fósiles“.
Sigo creyendo firmemente que los países deberían priorizar la mitigación climática para asegurar un mejor futuro, especialmente teniendo en cuenta que actualmente nos estamos moviendo en la dirección opuesta con las emisiones en aumento. Los países deben reflexionar sobre el futuro de nuestra especie, no solo enfocarse en sus propios beneficios. Como Alanis Obomsawin dijo una vez: “Cuando se tale el último árbol, se coma el último pez y se envenene el último arroyo, te darás cuenta de que no puedes comer dinero.” Quizá estamos cegados por el dinero, incapaces de ver el futuro que estamos moldeando sin una política climática justa que tenga en cuenta toda la biosfera — un futuro al que no podremos sobrevivir. Por esta razón, deberíamos priorizar la ciencia. El último informe del IPCC, AR6, ha mostrado varios escenarios posibles, entre ellos el más pesimista, en el que el planeta podría alcanzar un aumento de 4°C para 2090 (página 7). En otras palabras, la ciencia debe estar en el centro de la COP y los especialistas deben guiar las negociaciones desde el principio.
A la luz de la decepción que sentí al observar a tantos actores políticos en esta COP actuando principalmente en defensa de sus propios intereses, surgen muchas reflexiones sobre cómo podemos mejorar futuras conferencias. Aunque el progreso solo se está logrando en pequeños pasos, existe, y de hecho estamos en un proceso de cambio. La próxima COP puede y debe ser mejor que la anterior. Para lograrlo, es esencial ampliar la participación de la sociedad civil y de los pueblos Indígenas en futuras COPs. Estos actores fueron fundamentales para la COP30, y a pesar de los desafíos y limitaciones enfrentados, esta COP demostró claramente la fuerza de la movilización popular. Fue la conferencia con el mayor nivel de participación de la sociedad civil, resultando en una fuerte presión pública a través de manifestaciones y protestas, entre otros logros significativos.
Entre estas victorias destaca la inclusión sin precedentes de afrodescendientes en los documentos sobre Transición Justa, el plan de Acción de Género, el Objetivo Global de Adaptación y el Mutirão. De la misma manera, la fuerte participación de los pueblos Indígenas contribuyó a la demarcación de más de diez territorios Indígenas, avances en la garantía de derechos territoriales, y creación de la Instalación Tropical Forests Forever (TFFF).
Tenía grandes expectativas para la COP30, pero me decepcionaron los resultados y las negociaciones a puerta cerrada. Creía que esta conferencia podía ser histórica, como lo fue la de París. Sin embargo, no percibí una representación genuina de todos los involucrados. La sociedad civil debe ser escuchada, respetada e incluida en los procesos de toma de decisiones. Para mí, trabajar para asegurar que esta participación siga creciendo es esencial y es la esperanza con la que sigo adelante.
